La hamburguesa que me cambió la vida

Anoche me comí una hamburguesa de un euro. Eso no es relevante, supongo. Todos hemos comido una hamburguesa de un euro alguna vez. Lo difícil es comérsela sin sentirse mal. Por muchas razones: 1.- Porque es comida basura 2.- Porque se han cargado a un caballo (o vete a saber qué animal) 3.- Porque según un montón de gente, sabe a rayos 4.- Escriba aquí su razón Hace unos años me habría zampado dos, tres o las que hiciera falta sin ningún tipo de análisis posterior o culpa. Del mismo modo, me daba lo mismo ponerme unas zapatillas de marca, que unas de la marca La Pava. La misma relevancia tenían las películas Disney que el Megatrix por las mañanas. Me era indiferente. Era feliz en el mismo porcentaje haciendo una cosa que otra. Y ahora no. ​

La famosa hamburguesa

(Aquí la famosa hamburguesa)

Ahora tengo que medir lo que digo o hago. Ya no puedo decir que alguna vez he visto programas del corazón porque en el mundillo en el que me muevo, eso está feo. Parece que son programas sin valor moral de ningún tipo y te envían directamente al infierno. Por lo visto, ahora solo puedo leer a Houellebecq, visitar exposiciones retrospectivas de Magritte y ver el cine de Wong Kar Wai. Aunque tarde, empiezo a relativizar cosas. Ver Gran Hermano no me hace menos inquieto. Disfruto de la literatura de Hesse pero también disfruto de la música que escucho con mis amigos cuando vuelvo por vacaciones a Gran Canaria. Y sí, les encanta el reggaetton. Pero qué le voy a hacer, son mis amigos...

¡y qué bien nos lo pasamos! En general, vivimos de acuerdo a una imagen (que puede ser impuesta por uno mismo o por los demás) y no nos permitimos salirnos de esa imagen idílica. Por miedo a lo que diga o piense el otro. Y sufrimos. Sufrimos como bellacos por ignorantes. Elegimos la camisa, el tatuaje, la música o el peinado para que todo esté en su sitio. Para que esa imagen siga cotizando al alza entre los colegas, la chica que nos gusta o nuestros hijos. Después de comprar la hamburguesa, de camino a mi casa, me encontré con cuatro personas que dormían en la calle. Que esa es otra, en Madrid, casi todos los días veo gente pidiendo dinero o malviviendo en cajeros automáticos pero no me doy cuenta o no quiero darme cuenta. Porque me han educado para que mi mayor problema sea qué camisa me voy a poner o para debatir si Trump es o no populista.

Con todo esto me he vuelto a acordar de mi abuela. Todo por una hamburguesa. Mi abuela no sabía leer ni escribir. Pero sabía amar y lo hacía todo el tiempo. A todas horas. Porque tampoco le preocupaban estas cuestiones que tanto nos preocupan y encarcelan a muchos de nosotros. Si tocaba un congoleño en casa pidiendo un euro, ella le daba un plato de comida. Da igual quién fuese o de dónde viniera. Todavía recuerdo a Seiko, un chico de Senegal que timbró para pedir pan y se quedó a vivir tres meses. Y pensando en Isabel, que así se llamaba mi abuela ¿qué os digo?. Os digo que anoche dormí como un niño tras superar la culpa inicial por comer comida basura. Como ese niño que no miraba de qué marca era la zapatilla o qué programas veía en televisión. Ese niño que no tenía ni la décima parte de prejuicios que tengo yo ahora.


Ese niño sigue en mí y voy a dejar que ría, salte y juegue. Porque se lo merece. Y porque lo está pidiendo a gritos desde hace mucho tiempo. Sé tú mismo, ¡despierta el volcán!

Si amas, lo demás me importa un bledo.


#hamburguesa #homenaje #despierta #serunomismo

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